La costra.
La realidad es que detesto la palabra costra. Tiene todas las curvas para que me guste, pero la sensación que me provoca es prácticamente equivalente a la que siento cuando me arranco una: el dolor, pero al mismo tiempo la satisfacción, aunque después vuelva el dolor, y casi siempre se abra la herida.
La segunda realidad es que hace mucho no tengo una costra, mis cicatrices ya se ven bastante parejas con respecto a mi piel, ligeros accidentes geográficos que me recuerdan que he vivido, o que he sobrevivido. Hace unos meses me tatué unas flores, y al darme indicaciones mi tatuador sobre los cuidados, mencionó la palabra costra. Tatuarnos es elegir nuestras cicatrices, y pienso que llevo muchas en el cuerpo que no he elegido, y debajo de la piel otras tantas que quizá si elegí pero no pensé que se convertirían en marcas de guerra.
Ayer preparé dos veces el café; en lugar de elegir la cafetera, decidí hervir dos veces el agua. Se sintió bien, tuve otro tipo de certeza. También hizo frío. No abrí las cortinas, apenas y tendí la cama, tomé una siesta con mi gato y quise de pronto que pudiera hablar, que me dijera que él también tiene esa rara sensación de un domingo extendido.
Y ahí fue donde me ardieron algunas cicatrices, porque en los momentos donde la vida parece detenerse, recordamos cosas, nos incomodan otras como cuando hace frío y nos duelen los huesos.
Hice una lista de las cosas por las cuales me siento rara: las lunas de octubre, la incomodidad de ciertas miradas que me cuestionan cosas que no sé cómo responder. Dentro de todo eso, decidí meditar, y la voz de la aplicación me dijo:
- El pasado nos persigue, el futuro nos acecha y se nos olvida estar presentes -
Pero es mentira, eso no dijo. Suena a historia de terror.
- Necesitamos pasado y futuro, necesitamos proyectos y recuerdos, pero también necesitamos presente -
Eso si dijo, y me puse a pensar que hay días donde intento soltar el control pero siempre termina regresando, diciéndome "hola, ¿te acuerdas de mi?". Mi meditación me ayudó a pensar en procesos, proyectos, en el afecto, de precipitarnos al futuro, de cómo necesitamos enraizar en una época en la que sobra aire, nubes, cielo.
Estuve presente.
Todo el tiempo nos agarramos de algo para no salir volando, nos preguntamos por qué no echamos raíces en ciertos lugares o ciertas personas, y ahí, en medio de toda esa incertidumbre, podemos ver nuestras cicatrices y nos hacemos presentes: ya no sangran, ya no escuecen, no hay costra.
Nuestro presente es una marca en la piel que normalmente tiene un color distinto, una textura particular, nuestro presente es existir con cicatrices, o al menos eso aprendí en mi clase de dermatología. Lo mejor de estar presentes es que no hay costras que arrancar, hay recuerdos y futuros, hay proyectos y noción de estar aquí.
Por cierto, he conocido a alguien que me ayuda a concentrarme en el presente. Ya no hay costras.


Comentarios
Publicar un comentario