La vida duró un minuto.
Yo que siempre huía, salté hacia ti tapando mis ojos y mi vergüenza.
En una caída libre hacia tu pecho.
Una vez allí, respire hondo.
Y en diez segundos construí mi casa, justo en el prado de piel que cubre tu corazón.
Durante los restantes cincuenta segundos, envejecí sin necesitar nada más.
Solo existiendo sobre tu latido, mientras el silencio tocaba el violín, mientras el reloj de arena daba vueltas infinitas, mientras me veía caminando en paraísos fosforescentes.
Sin tropiezos,
sin memoria,
sin rocas.
Solo flotando entre soles y lunas deslumbrantes.
Sin desunirme por fin de mi misma.
La vida duró un minuto...
pero fue verdadera vida.
-i.


Comentarios
Publicar un comentario